De la ciudadanía improvisada: Pérez Jiménez, el remodelador: escrito por @LuisBarraganJ

Luis Barragán /

Largado del país Pérez Jiménez, los sucesivos mensajes presidenciales abundaron sobre la herencia faraónica de la dictadura. Caracas, la principal vitrina para un imaginario social que quizá perdura, impresas las dactilares del auge petrolero de entonces, exhibió formidables obras de ingeniería que reafirmaron su importancia en relación al resto del país, por cierto, caracterizado por Rodolfo Quintero como “un puñado de aldeas regadas en un amplio territorio” al principiar el siglo XX  [1].

Sostenemos, la ciudad capital que conoció nuestra generación jamás fue la de finales de los años ’50, por ejemplo, con el desarrollo de una infraestructura sanitaria y vial, suministro de agua y electricidad que llegó con la democracia representativa.  Inimaginable, hemos recibido el comentario y testimonio de una urbe de dramáticos contrastes, pues, el complejo comercial y de oficinas del Centro Simón Bolívar poco abonaba a una gigantesca urdimbre de angostas calles y callejuelas despavimentadas, escasos sistemas de drenaje u otros servicios básicos  por no citar algunos de los casos que todavía despiertan alguna polémica como el de la vivienda.

Otro comentario, frecuente en las redes sociales especializadas en la nostalgia de la ciudad que se fue, obedece a la demolición de viejos referentes arquitectónicos que le permitió a la dictadura militar desarrollar libremente sus proyectos, siendo tan de antigua data y significación histórica como la casa natal de Francisco de Miranda o el Colegio Chávez (o Cháves).  Y, aunque no fijase criterio estético alguno, el “sabor de modernidad, de cosmopolitismo (…) sin lugar a dudas se correspondía con el discurso del régimen” [2], cuyos propósitos más audaces de transformación urbana – creemos – eran irrealizables aun a mediano plazo.

Una rápida observación de la prensa escrita de finales del decenio militar, da cuenta de estudios adelantados por el Banco Obrero para sustituir los bloques de la meritorísima urbanización El Silencio, por numerosos y rendidores superbloques; o la circunstancia misma de haber afectado la fachada del Teatro Municipal para edificar el Centro Simón Bolívar, nos avisa de la escasa importancia que le concedió a una obra sobreviviente del período guzmancista y la posibilidad que hubo de proseguir hacia el sur del casco histórico para una desinhibida y completa remodelación.  Luego, caracterizada como una metrópoli en constante mudanza, fuesen o no sus inmuebles de extraordinario valor, la memoria histórica y el sentido identitario resultaron irrelevantes para los gobernantes de turno.

Nos parece que toda la responsabilidad no ha de recaer en Pérez Jiménez y su equipo gobernante, porque de alguna manera debía legitimar su voluntad remodeladora y, así, hallamos un reportaje de Gilberto Pinto realizado para un popular magazine, cuya edición se inspiró en la celebración del IX Congreso Panamericano de Arquitectura, con sede en Caracas. Al entrevistar a Rafael Seijas Cook, el prestigioso poeta-arquitecto que hemos leído en las entregas más remotas de la revista Élite, éste señaló que “yo creo que Venezuela es una nación en donde la arquitectura colonial dejó muy pocos exponentes de verdadera calidad”, excepto las iglesias, ya que los arquitectos españoles de vanguardia eran destinados a México y Perú; o Víctor Ron Pedrique exaltó el adelanto arquitectónico caraqueño que “ha aprovechado las últimas técnicas y materiales de la post-guerra”, sin equivalente en otras latitudes [3].

Por consiguiente,  los más respetados arquitectos de la época autorizaron moralmente al régimen en su vasto empeño de remodelación sintetiza la otra cara de la ciudad-petróleo sobre la cual versó el ensayo antropológico de Quintero, aunque es necesario indagar en los supervivientes archivos de notarías y registros mercantiles para saber de una oportunidad irrepetible de negocios, o en la opinión que pudo sostener el profesorado de arquitectura a tiempo completo de nuestras universidades.  González Abreu, asegurándolo como una plataforma de proyección clasista, observa que “el negocio de la construcción era una de las actividades que más estrechamente vinculaba a los hombres de la gran empresa con los uniformados y testaferros civiles en Miraflores” [4].

Cierto, el nuevo aniversario de la huida de Pérez Jiménez, privilegia naturalmente los aspectos políticos que logran una visible significación actual, relegando los que podríamos denominar metapolíticos, pues, siguiendo a Puerta Bautista, al considerar los procesos de urbanización y las políticas de bienestar social por obra de la directa intervención gubernamental en la vida social, no fue otra que la “finalidad de improvisar ciudadanos que siguieran los lineamientos del régimen” [5].  Aproximación ésta que puede autorizar a una reflexión en torno a la otra metrópolis petrolera que hoy tenemos, evidentemente regresiva, en la que las misiones oficiales de vivienda la llevan a la extraordinaria afectación de la vida urbana fuera de un legítimo control, escondiendo relaciones de poder e intereses económicos so pretexto de las justificadísimas urgencias de los sectores más vulnerables que muy transitoriamente resuelven o dicen resolver sus problemas.

[1]    Rodolfo Quintero (1985) “La cultura del petróleo”, UCV, Caracas: 59.

[2]    Ocarina Castillo D’Imperio (1990) “Los años del buldozer. Ideología y política 1948-1958”, UCV, Caracas: 159.

[3]    Gilberto Pinto (1955) “Los viejos arquitectos ante la nueva Caracas”, Élite, Caracas, nr. 1564 del 24/09.

[4]    Manuel González Abreu (1997) “Auge y caída del perezjimenismo (el papel del empresariado)”, UCV, Caracas: 92.

[5]    Lorena Puerta Bautista (2015) “La batalla contra el rancho: Una ilusión de modernidad urbana en Caracas”, en: AA. VV. “Cuando las bayonetas hablan. Nuevas miradas sobre la dictadura militar”, Universidad Metropolitana, Caracas: 461.

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