‘De estos tiempos’, por Linda D’Ambrosio

Destacando por su curiosa volumetría, en plena Gran Vía, el Círculo de Bellas Artes se yergue recortándose contra el cielo madrileño. Más allá de sus particularidades arquitectónicas, el edificio, que se terminó de construir en 1926, ha resultado emblemático en la vida cultural de España, y albergó en su día tertulias que involucraban a literatos de la talla de Valle Inclán o Jacinto Benavente, así como a otros pensadores y artistas, como el propio Picasso en su primera juventud.

Es el caso que allí se presenta, desde hace algunos meses, la exposición Banksy: the street is a canvas (Banksy: la calle es un lienzo) contrastando con el estilo modernista del edificio, y honrando, sin embargo, la idea de ruptura con lo tradicional que signó las primeras décadas del siglo XX, en las que se desarrolló esa tendencia.

En paralelo, Wynwood, el distrito del arte de Miami, que fuera lugar de asentamiento para la colonia portorriqueña en los años ’50, y que paulatinamente fue llenándose de espacios alternativos para el arte, constituye el marco en el que se encuadra la figura de Enrique Enn, el artista plástico venezolano de cuyos éxitos se ha hecho eco la prensa internacional en los últimos días.
Ambos fenómenos dan prueba de que el arte urbano, así llamado por manifestarse originalmente en el seno de las ciudades, ha permeado las barreras del arte oficial y ha conquistado el status de estilo.
Es frecuente observar, en la historia del arte, el rechazo que inspiran las manifestaciones emergentes. ¿Le gusta Manet? Pues uno de nuestros más conspicuos historiadores del arte, Ramón de la Plaza, llamó al impresionismo “escuela de los despropósitos”, estimando que su deformidad podía solo caber “en la ausencia completa de criterio y la depravación del buen gusto”. Matisse acuñó involuntariamente el término “cubismo” al calificar de “cubitos” las imágenes plasmadas por Braque, expresión recogida por el crítico francés Louis Vauxcelles. Y en 1917 la Policía clausuró la exposición de desnudos de Amedeo Modigliani que tenía lugar en la galería Berthe Weill de París, horrorizada por la transcripción de ciertos detalles anatómicos de las modelos.
Toda innovación genera resistencia al cambio, y todo rechazo debe ser interpretado desde el contexto histórico en que tiene lugar, a menudo plagado de prejuicios.
El grafiti es una de las cuatro formas bajo las que se manifiesta el Hip-Hop, junto al breakdance, el rap y el Djing. Se tiende a considerarlo vandálico y a relacionarlo con una subcultura acusada de violenta, pero se encuentra inspirado, entre otras fuentes, por una pandilla de los años 60 que promovió la paz en el sur del Bronx y confería a sus mujeres dignidad y autonomía: los Ghetto Brothers.
Tanto el rap como el grafiti desnudan las incoherencias del sistema, poniendo en luz sus contradicciones y denunciando su corrupción. Ello despierta reacciones de incomodidad que pueden llegar a transformarse en auténticas persecuciones de la cultura dominante. Esta ha sido siempre una de las funciones del arte: sirva como ejemplo el género sirventés desarrollado por los trovadores medievales.
Ya con el rango reconocido de artistas, a veces formados, hay quienes transfieren al lienzo técnicas recuperadas del grafiti, como el esténcil, el táquer o el aerosol, pero ya sin el componente efímero y clandestino. El post-graffiti representa la evolución natural del estilo y disfruta de los espacios conquistados duramente por los primeros artistas callejeros, configurando tanto un lenguaje plástico formal que identificará nuestros tiempos, como un sinónimo de disrupción y rebeldía.
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