sábado, noviembre 26, 2022
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«Elogio a los traductores «

Autor: Francisco Aular

Gracias a la traducción de la novela de Emily Brontë que se titula Cumbres borrascosas, hecha por la escritora española Carmen Martín Gaite, en sucesión de imágenes vienen a mi mente obras de la literatura universal que he podido conocer por sus traducciones.

No soy poliglota y para no privarme de los clásicos debo recurrir a los titanes de la cultura que tienen la ardua tarea de llevar al castellano obras admirables. Tal como el caso del poeta venezolano José Antonio Pérez-Bonalde, quien tuvo a bien traducir el célebre poema de Edgar Allan Poe que se titula El Cuervo.

También he de mencionar al escritor Rafael Cansinos Assens, a quien debemos una de las traducciones más célebres de Las mil y una noches y la traducción del Corán, este último considerado la obra cumbre de la literatura árabe.

Siguiendo esta tónica no puedo dejar a un lado a León Felipe, por quien conocí Las hojas de hierba de Walt Whitman, el hijo de Manhattan, o al dramaturgo Ramón de la Cruz, quien es conocido por ser uno de los primeros en traducir a nuestro idioma la tragedia del príncipe Hamlet escrita por el inglés William Shakespeare.

Para ellos e innumerables más va el mayor de los elogios, pues bien es sabido que los lectores – por regla general – no reparan de quién es la traducción, como me ha pasado muchas veces y eso que soy un lector avezado. Recuerdo haber leído Los Miserables de Víctor Hugo y pese a la emoción que me produjo, tanto que lamenté que la novela no tuviera cien mil páginas en vez de mil quinientas, no reparé en quién fue el traductor o traductora. ¡Oh ingratitud!

En fin, los traductores (conociéndolos o no) me han acompañado en mi largo peregrinar y debo decir que celebré cuando tuve conocimiento, en 2017, que una editorial nipona tradujo Doña Bárbara de Rómulo Gallegos para incluirla en su colección de clásicos. Como podemos apreciar las traducciones son préstamos.

A veces prestamos obras como las de Don Rómulo para que en otras latitudes la conozcan, o recibimos las traducciones de los novelistas rusos, o de los textos sagrados de la India como el Bhagavad-gita, o de la cultura Maya como el Popol Vuh, o de textos hebreos inmersos en la Biblia o de la antigua Grecia, rica por su teatro y su filosofía.

Lo cierto es que los traductores existen para que no nos privemos, mejor dicho, no nos autoexcluyamos de las joyas literarias existentes.

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