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La red de Hezbolá en Latinoamérica desde la Triple Frontera

La presencia de Hezbolá en Latinoamérica está documentada desde la década de 1990. La organización, que controla el sur del Líbano con el apoyo de Irán, se ha expandido por todo el mundo al abrigo de las comunidades libanesas fruto del éxodo que provocó la guerra civil entre 1975 y 1990.

«Es importante enfatizar que no todos los miembros de estas comunidades participan en las actividades de apoyo y financiación a Hezbolá», explica en entrevista con DW Emanuele Ottolenghi, del instituto de investigación FDD (Foundation for Defense of Democracies) en Washington. «Pero siempre que hay presencia de redes vinculadas al ‘Partido de Dios’ [traducción literal de ‘Hezbolá’], se encuentran mezcladas y mimetizadas en esas comunidades chiitas», apunta.

«Sería más fácil decir en qué países no tiene presencia, porque tiene una red bastante bien establecida» en Latinoamérica, que abarca desde México hasta Chile, pasando por Guatemala o Costa Rica, afirma Ottolenghi. «Pero hay centros que son particularmente importantes», como la zona fronteriza entre Colombia, Panamá y Venezuela, o la conocida como Triple Frontera, entre Argentina, Brasil y Paraguay, que ha ido tomando el relevo como el centro de operaciones de Hezbolá en la región, sobre todo Ciudad del Este.

Un paraíso para el crimen organizado que no pasa inadvertido para los terroristas

La Triple Frontera es «una zona comercial donde se mueve muchísimo dinero», con muy completas infraestructuras y muy bien conectada con el resto del mundo, explica el criminólogo Juan Martens, director de Inecip Paraguay e investigador de la Universidad Nacional de Pilar. No sólo hay tres aeropuertos internacionales, también atractivos como las cataratas de Iguazú, que la convierten en «una zona turística que permite una presencia anónima sin llamar mucho la atención».

Esto, unido a la porosidad de unas fronteras habituadas al contrabando por las que pasan, se calcula, más de veinte mil millones de dólares al año en tráficos ilícitos, incluidos drogas y armas, convierte a la Triple Frontera en un paraíso para las organizaciones criminales. «No es que el Estado no esté presente, pero está muy permeado por distintos grupos dedicados a lo ilegal o lo criminal», afirma Martens, denunciando la «fragilización institucional» a los tres lados de la frontera.

La presencia de Hezbolá en Ciudad del Este es un tema sensible para Paraguay, competencia de la Inteligencia Militar, que no ha respondido a las preguntas de DW. En Estados Unidos se considera a la Triple Frontera como «la mayor economía ilícita del hemisferio occidental». Está en la mira de Washington al menos desde diciembre de 2006, cuando el Departamento del Tesoro detectó allí una red que suponía «una arteria principal de la financiación de Hezbolá en el Líbano» y se interceptó una carta de su líder, Hassan Nasrallah, agradeciendo a los libaneses de la región su apoyo. «Si esa carta se hubiera enviado por correo a un individuo en los Estados Unidos (…) habría sido arrestado como agente terrorista», dijo entonces Dennis Lormel, investigador del FBI.

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¿Latinoamérica, alejada del terrorismo internacional?

En aquella época, ningún país en Latinoamérica había clasificado todavía a Hezbolá como organización terrorista. Argentina lo hizo en julio de 2019, coincidiendo con el 25 aniversario del atentado contra la AMIA en Buenos Aires, atribuido a miembros de Hezbolá que contaron con apoyo logístico desde la Triple Frontera. De hecho, la Fiscalía argentina supone que los autores materiales continúan refugiados en esa zona.

Un mes después, Paraguay también reconoció a Hezbolá como organización terrorista. Más allá del extendido fenómeno guerrillero, en Latinoamérica, con la excepción de Argentina, no se había sufrido como en otras regiones el terrorismo internacional. Pero eso no quiere decir que no estuviera presente. 

Ul agente sostiene un fusil de asalto, con cajas amontonadas detrás.
Un policía paraguayo vigila un cargamento decomisado de bienes falsificados en Ciudad del Este, en una imagen de archivo.Imagen: Jorge Saenz/AP/picture alliance

Otros intentos de atentado de Hezbolá

Las actividades de Hezbolá en Latinoamérica no se han limitado a la financiación y al reclutamiento. Desde los atentados de la AMIA y la Embajada Israelí de Buenos Aires dos años antes, Hezbolá no ha logrado cometer nuevos atentados, pero sí que lo ha intentado, recuerda Ottolenghi, al menos en cuatro ocasiones. Cinco, desde que este mes tres brasileños han sido detenidos cuando intentaban reclutar gente para Hezbolá con el objeto de cometer atentados contra intereses judíos y sinagogas en Brasil.

El caso quizá más relevante fue el de un libanés nacionalizado estadounidense que viajó a Panamá para estudiar posibles objetivos de atentados terroristas, entre los que estaban «las embajadas de Israel y de Estados Unidos y el Canal de Panamá», cita Ottolenghi. «Se trataba de una operación grande; por suerte, fue descubierta por las autoridades antes de que se empezara su ejecución». O el descubrimiento en Bolivia de un almacén de Hezbolá en 2017 con más de dos toneladas de nitrato de amonio. «El mismo material que explotó en el puerto de Beirut hace dos años», recuerda.

¿Cómo evitar nuevos atentados?

En Paraguay, las actividades de Hezbolá se han limitado hasta ahora al lavado de dinero y la financiación, recurriendo muchas veces a los tráficos ilícitos. Pero «si alguna vez la organización decidiese atentar, representaría un peligro gigantesco», dice Martens. Y pone el ejemplo hipotético de la voladura de la represa de Itaipú, que inundaría ciudades desde Rosario hasta Buenos Aires. ¿Qué se está haciendo para evitarlo? «Lo más concreto que hasta ahora se ha hecho es la instalación de una justicia especializada en delitos económicos, anticorrupción y crimen organizado», dice Martens.

¿Qué más se podría hacer? El investigador de la Fundación para la Defensa de las Democracias, Emanuel Ottolanghi, propone algunas medidas: mayores controles en las fronteras, mayor inversión en inteligencia y mayor cooperación en este aspecto entre los tres países involucrados y más recursos para luchar contra las actividades criminales con las que se financia el terrorismo. En definitiva, para frenar las bombas, aplicar previamente la vieja máxima periodística de seguir la pista del dinero. Una pista que, en el caso de Hezbolá, apunta constantemente a la Triple Frontera.

(ers)

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